Aquí no hay dos bandos enfrentados. Hay un solo espejo. Empresarios y políticos no representan intereses distintos: representan la misma hipocresía con trajes diferentes. Uno se llama “iniciativa privada”, el otro “servicio público”, pero ambos responden al mismo dios: el lucro sin consecuencias.
La conversación entre Michael Corleone y el senador Patrick Geary no es una escena de cine; es un manual de funcionamiento. El político no regula: facilita. El empresario no compite: negocia. Uno pone la firma, el otro pone el dinero, y ambos entienden que nada fluye gratis. La licencia del casino no es un trámite, es una transacción moral: poder a cambio de beneficios, influencia a cambio de silencio.
Ahí se revela la verdad incómoda. El político no está pensando en sus votantes; está calculando cuánto vale su cargo en el mercado real del poder. El empresario no piensa en empleados ni en clientes; piensa en retornos, en ventajas, en atajos. La ley no es un límite, es una herramienta flexible. La ética no es un principio, es un estorbo.
Por eso la corrupción no es una desviación del sistema: es el sistema funcionando como fue diseñado. Cuando ambos se encuentran, no se chantajean; se reconocen. Hablan el mismo idioma, comparten el mismo desprecio por lo colectivo y la misma fe en que todo tiene precio.
El problema no es que existan empresarios ambiciosos o políticos corruptos. El problema es que se necesitan. Se legitiman. Se protegen. Y mientras simulan estar en orillas opuestas, hunden juntos el mismo barco. Porque cuando el lucro es el único dios, la sociedad entera paga el sacrificio.
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