No todo lo que se ve ni todo lo que se escucha es verdad. En tiempos donde la información viaja más rápido que la reflexión, el periodismo tiene una responsabilidad que no admite atajos: corroborar. La materia prima de muchas noticias nace de fuentes humanas, con todo lo que eso implica —percepción, interés, emoción, error—, pero es la fuente documental la que le da sustento, peso y veracidad a esas versiones. Sin documentos, registros y datos comprobables, la información es apenas un relato; con ellos, se convierte en verdad verificable.
El deber de un medio no es amplificar rumores ni alimentar narrativas convenientes, sino filtrar. Filtrar para que al lector solo llegue aquello que ha sido contrastado, revisado y sometido al escrutinio necesario. Aun así, el error existe. Errar es humano, incluso en el periodismo más riguroso. Pero hay una diferencia esencial entre equivocarse y persistir en el error: corregir también es de valientes. Rectificar no debilita la credibilidad; la fortalece.
Tan importante como la corroboración es la coherencia. Una línea editorial no puede ser un traje que se cambia según la ocasión. No se puede atacar una problemática hoy y justificarla mañana bajo otras circunstancias. La coherencia es un contrato tácito con la audiencia: decir lo mismo frente al poder, frente al abuso y frente a la conveniencia.
En un ecosistema saturado de ruido, el valor de un medio no está en ser el primero, sino en ser el más fiel a la verdad. Esa es, y debe seguir siendo, la única militancia legítima del periodismo.
Somos EL TESTIGO. Una forma diferente de saber lo que está pasando. Somos noticias, realidades, y todo lo que ocurre entre ambos.
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