miércoles, diciembre 31, 2025
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Editoriales

La cena y el escándalo

La Nochebuena dominicana suele ser un ritual predecible: la mesa llena, la música alta, los recuerdos que se repiten cada año. Pero esta vez, entre el cerdo, el moro y los brindis, apareció un tema que no estaba invitado y aun así se sentó en todas las mesas: el caso SeNaSa. No fue una conversación aislada ni propia de círculos politizados; fue un murmullo transversal, repetido casa tras casa, barrio tras barrio, familia tras familia. Cuando un escándalo se filtra así en la intimidad doméstica, deja de ser noticia y se convierte en síntoma.

Lo más revelador no fue solo que se hablara del caso, sino el gesto casi automático que se repitió en miles de hogares: celulares en mano, personas entrando a la página, preguntándose si estaban afiliadas sin saberlo, descubriendo vínculos administrativos que nunca solicitaron. Ese momento —incómodo, silencioso— explica mejor que cualquier cifra la magnitud del problema. No se trata únicamente de un desfalco o de nombres imputados; se trata de la sensación colectiva de haber sido usados sin consentimiento, de formar parte de algo opaco sin haberlo elegido.

La Navidad suele ser una pausa emocional, una tregua con la realidad. Que un tema así haya roto ese pacto dice mucho. Dice que la confianza pública está tan erosionada que ni siquiera en la cena familiar puede ignorarse. Dice que el daño no es abstracto ni lejano: es personal, verificable, tangible en una pantalla. Y dice, sobre todo, que cuando un sistema obliga a la gente a comprobar si fue parte del engaño, el problema ya no es administrativo, es moral.

Por eso el caso SeNaSa no se mide solo en expedientes o montos, sino en ese instante en que una familia deja de hablar de fiestas para preguntarse, en voz baja, si también fue víctima. Esa es la verdadera dimensión del escándalo.

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