Esta Navidad no entra en el molde. No calza. No convence. Es una Navidad con ruido de fondo, con un peso que no se disuelve ni con romo ni con villancicos. Hay luces, sí, pero no alumbran el ánimo. Hay música, pero no tapa el murmullo de una indignación que atraviesa al país entero. El escándalo del mayor desfalco de corrupción de la historia reciente no solo vació arcas públicas: vació la excepción emocional que diciembre siempre representó para los dominicanos.
Porque aquí la Navidad solía ser un pacto tácito con la esperanza. Aunque el año hubiera sido duro, diciembre era territorio sagrado. Una tregua. Un respiro. Pero esta vez la herida es demasiado profunda. La magnitud del abuso es tal que logró lo impensable: opacar el optimismo natural de un pueblo que históricamente ha sabido celebrar incluso en la escasez. Hoy no se celebra desde la alegría, se sobrevive desde la costumbre.
Lo que se siente no es solo rabia, es tristeza cívica. Una sensación amarga de haber sido traicionados una vez más, de que se cruzaron líneas que no debían cruzarse. La conversación ya no gira en torno a regalos ni cenas, sino a indignación, descaro, impunidad. Y cuando un país llega a ese punto en Navidad, algo muy serio está ocurriendo.
Se insiste en decir que todo marcha bien, que son episodios aislados, que el crecimiento y los indicadores sostienen el relato. Pero la calle no vive de gráficos. Vive de percepciones, de confianza, de dignidad. Y hoy esa confianza está rota. Las cosas no están bien. No van bien. Y esta Navidad rara, incómoda y silenciosa, es la prueba más honesta de esa realidad.
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