Buscar la lógica detrás de los imputados en el caso SeNaSa es un ejercicio frustrante, casi inútil. No porque falten datos, sino porque lo que se revela no es una carencia, sino un patrón. Ninguno de los señalados vivía en precariedad. No les faltaba techo, comida, acceso, estatus ni oportunidades. No robaban para sobrevivir. Robaban para acumular. Y ahí es donde la lógica se rompe.
¿Qué explica el afán de querer más cuando ya se tiene todo lo esencial, e incluso mucho más que la mayoría? No es necesidad, es ansiedad de poder. No es hambre, es ambición sin freno. Un impulso por escalar en una pirámide de riqueza que nunca tiene cima, donde cada peldaño solo sirve para justificar el siguiente abuso.
Lo ilógico es que ese afán se disfrace de racionalidad. Se normaliza el “aprovechar mientras se pueda”, el “nadie se da cuenta”, el “todos lo hacen”. Pero esa lógica interna, repetida y compartida, termina siendo una trampa colectiva. Personas formadas, con carreras hechas y reconocimiento social, deciden arriesgarlo todo por cifras que no cambian sus vidas, pero sí destruyen la de otros. No buscaban salir de la pobreza; buscaban diferenciarse aún más, marcar distancia, acumular por acumular. Como si el valor personal se midiera en ceros y no en límites.
El caso SeNaSa expone algo más profundo que un entramado de corrupción: revela un vacío. Un modelo mental donde nunca es suficiente, donde el éxito no tiene freno moral y donde la ilegalidad se vuelve un simple atajo. La lógica que intentamos encontrar no está en los números ni en los contratos, sino en una cultura que premia el exceso y desprecia la mesura. Por eso resulta tan ilógico: porque no responde a la necesidad, sino a una ambición desbordada que, tarde o temprano, siempre termina pasando factura.
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