miércoles, diciembre 31, 2025
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Editoriales

El odio a la alegría ajena

Hay que estar profundamente roto por dentro para ver un acto de amor y decidir ensuciarlo. No es crítica, no es escrutinio, no es interés público: es miseria moral. Tomar el compromiso de una pareja y convertirlo en un vertedero de insinuaciones, linajes y cuentas ajenas es la forma más baja de ocupar el espacio público. No se fiscaliza el poder; se profana la felicidad.

Las responsabilidades son individuales. Punto. Cada quien responde por lo que hace, no por su apellido, no por su árbol genealógico, no por las obsesiones de terceros. Todo lo demás es pereza ética disfrazada de valentía, una cobardía que evita el argumento y abraza el ataque personal porque pensar cuesta más que herir.

Pero el trasfondo es aún más triste. Lo que realmente incomoda no es la política ni el apellido: es la alegría. Hay gente con el corazón dañado que no tolera ver a otros celebrar, comprometerse, proyectar futuro. La felicidad ajena les resulta una provocación intolerable porque les recuerda su propio vacío. Entonces ensucian. Contaminan. Arrastran todo al barro para no quedarse solos ahí.

En un país atravesado por escándalos reales, abusos concretos y responsabilidades que sí deben exigirse, este linchamiento simbólico es obsceno. No todo es trinchera. No todo merece sospecha. Hay momentos que deberían respetarse por simple decencia humana.

Porque cuando alguien necesita destruir la alegría de otros para sentirse relevante, no está haciendo justicia ni crítica: está exhibiendo su ruina interior. Y esa miseria, por mucho ruido que haga, no se cura contaminando la felicidad ajena.

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