El 2026 no llega cargado de ilusiones abstractas ni de discursos huecos. Llega con exigencias claras. El dominicano no está pidiendo milagros, está pidiendo que las cosas funcionen. Que el Estado sea eficiente. Que quien no rinda, se vaya. Que quien se haya enquistado en un cargo como si fuera hereditario sea removido sin contemplaciones. Que se saque a todo el que huela a podrido, a todo el que convirtió lo público en botín y el servicio en privilegio.
Queremos vivir mejor, no sobrevivir. Que el costo de la vida deje de asfixiar a las familias. Que ir al supermercado no sea un ejercicio de angustia. Que la luz no se vaya, pero sobre todo, que no se vaya mientras llega una factura impagable. Que los impuestos que pagamos —muchos y puntuales— se traduzcan en servicios dignos, en calles transitables, hospitales funcionales, escuelas que eduquen y no abandonen.
El 2026 debe ser el año donde la eficiencia deje de ser una promesa de campaña y se convierta en una política diaria. Donde la justicia no se detenga ante apellidos, cargos ni cercanías al poder. Donde no exista la sensación de que hay dos países: uno para el ciudadano común y otro para los intocables.
El dominicano no quiere discursos, quiere resultados. No quiere excusas, quiere decisiones. No quiere más paciencia, porque ya la agotó. El nuevo año no será juzgado por lo que se diga, sino por lo que se haga. Y esta vez, el margen de error es mínimo.
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