Una forma diferente de saber lo que está pasando.

Exordio emocional: La noche esa en la que el Moreno se fue

La tarde tropical con los olores insurrectos del domingo, regodeada entre los aparatosos naufragios del crepúsculo, empezó a ponerse otra vez muy vieja, cuando la noche se asomó azorada, como una anciana curiosa, por los intersticios de la rancia ciudad del país sin estaciones.   

Saltando sobre el entramado de los arrabales parroquiales, con una abulia de un espectro deambulante que, sin pretender causar espanto, jugaba  entretenido a la “rayuela”, brincando descuidado y haciendo el “trúcamelo” con parsimonia, sobre la oscuridad de las siete menos diez, para que después las sombras se treparan lentamente en los vetustos campanarios de los templos coloniales, contando con que la noche huraña fermentara asomándose por los viejos techos ancestrales de la ciudad atardecida de Ovando, observándose en sus pormenores sin distancias la nocturnidad alevosa, que cubriendo así todas las cosas hechas y por hacer, las sobrevolaba con lentitud de un pájaro planeador, que aprovechaba los aires calientes del enclave intramuros, asumiendo el papel de la lechuza de los cuentos aquellos, como un gran pajarraco, lerdo y  cansado, que repentinamente, sorprendido por las horas que matan, aleteaba como un “ave de paso” que, por obra y gracia de un descuido espacial, arreglado por el viejo truco de las penumbras venideras, se activaba puntual y por encanto de las rancias artimañas de complicidades concurrentes, del inmenso cielo abismal inescrutable.

Porque “cuando la tarde languidece renacen las sombras”, así mismo, caramba, porque “la inquietud de los cafetales”, para con la cosa aquella de la “vieja molienda”, hirviendo en las grecas de todas las cafeterías de la calle del Conde, mientras el ocaso entre los clientes habituales de “Paco” y de la “Cafetera”, se volvía “siempre sentir” de la misma manera como fue el día  anterior, con el estribillo de un antiguo canto repetido, en que “la quietud” del paisaje atardecido “parece gemir”, como si en domingo, “una pena de amor, una tristeza”,  enmarcara un verdadero ciclo sideral inagotable, que siempre se quedaba colgando en el “Copelo” o en el dedo tieso del Colón ese, el de la estatua del parque que tiene su mismo nombre.

El asunto, era por supuesto una cuestión algo común de la noche y sus dilemas, acostumbrada como siempre a fatigarse en estas horas del anochecer “amontonando sombras”, agolpando oscuridades oportunas al azar, como por descuido del tiempo inmemorial inalterable, haciéndose cargo de la antigua urbe achacosa que proclamó oronda su victoria total, cuando un apagón habitual oscureció toda la histórica población, completando un cuadro surrealista pretéritamente noctámbulo, aletargado y obsceno.

Porque la noche, según las vainas de Salvatore Adamo, “la noche te hace volver” y José Asunción Silva, el colombiano, la recuerda “toda llena de murmullos, de perfumes y de músicas de alas”, “como si un presentimiento de amarguras infinitas, hasta el mas secreto fondo de las fibras te agitara”, pero con la complicidad turbia del apestoso aroma del Crema Pectoral, que, por fuerte y por barato, era ideal para domar las ansias y la frustración en esas noches tremendas del domingo, para acercarse y marchar con ellas, a no se sabe dónde, con aquellas sombras “que se juntan, con las sombras de las almas”.

La verdad es que, sin pretensiones de exactitudes cronográficas, se puede insinuar que serían algo así como las diez ensombrecidas de la noche, cuando de repente se empezó a regar, como pólvora encendida, la infausta nueva del fallecimiento del doctor José Francisco Peña Gómez, el minuto fatal para el inmenso líder popular que ocurrió precisamente cuando la ciudad, en la que no había nacido pero donde casi siempre habitó, caía de bruces fatigada, como una localidad urbana, persistente y recurrente.

La gran pérdida dolorosa, digo yo por otros muchos, se podía haber adivinado, en la manía hipertrofiada de volver a la figuración melancólica de viñetas ilustres que, colgadas una y otra vez en sus contornos dominicales, nos hablaban de rutinas pasadas incontablemente repetidas, porque, además, todas nuestras muertes son anunciadas por el crepúsculo como un preámbulo paisajista ineludible de nuestras necrologías pendencieras.

Nictofilia

Ciertamente, Santo Domingo anocheciendo, fingiendo en su decrepitud de añejas memorias de locuras interdictas, sufría en sus delirios los apremios de muertes interdictas, mientras se hacía la mortalmente herida y sus calles se desangraban en transeúntes que a esas horas marchaban, como autómatas perdidos que iban a cualquier sitio “para botar el golpe”.

Santo Domingo, vetustamente dominguera, añejada y macerada entre muros, balcones y esquinas desquiciadas, con sus edificaciones apretujadas, maquilladas de cal y tan vestida de años que se percibía en la emoción descompuesta entre los arreboles mojigatos de la tarde, algo así como una novia trasnochada y solterona que, veía pasar el tiempo con cierta indiferencia descarada, embadurnada de si misma, como si pretendiera senilmente imitarse.

Mientras tanto, las miradas impasibles de las tapias coloniales observaban aburridas  a la gente humilde retornar sin prisa, camino a sus maltrechos vecindarios, tropezando y yéndose de bruces en su ánimo dominical, viniendo de cualquier parte como “empendejecientes” que, con el anocheciendo encaramado en sus hombros caídos, casi todos de espaldas al mar hacia un Norte franco deducido, como sombras alargadas esquivando sombras, que cruzando así inadvertidas mientras la precaria iluminación de un tenue alumbrado barrial, embargaba las típicas vecindades,  avanzando como por “salto vigilado” por los ancianos parques y sus plazas seculares, salpicadas ya para esa hora nocturnal y profunda, de los escasos vendedores que quedaban, los enamorados furtivos sentados en los maltrechos bancos, taburetes destartalados, víctimas de los estragos de una vetusta edad remota que por cesar, nunca cesaba.

De derecha a izquierda, monseñor Agripino Núñez, el presidente Joaquín Balaguer y el doctor José Francisco Peña Gómez escuchan a John Graham durante la crisis electoral de 1994.

A las seis y media los canjeadores de dólares se habían marchado de sus puntos en los alrededores de la Catedral Primada. Los policías compartían su misión del orden público, cortejando y haciéndoles asomos, enamorados, a las trabajadoras domésticas, cuando los tráficos habían abandonado sus esquinas, los marineros perseguían amores ocasionales en el Camelleo, junto a los tugurios del puerto.

Era la hora también en que los turcos de la Mella jugaban a descansar y los chinos de la avenida Duarte no reposaban nunca.

Retornaban también a sus moradas los poetas que, ensimismados, con sus pupilas atestadas de crepúsculos, habían ido a “la avenida”, como siempre jamás, “a ver morir la tarde, como quien ve morir un pájaro cualquiera”.

El mal aliento salino del mar Caribe, seguía haciendo de las suyas salpicando el calor de “Ciudad Nueva” con las brisas del malecón capitalino.

Un tufo de cangrejos muertos y almendras podridas iba y venía del obelisco hembra al obelisco macho, ventilado por la brisa impertinente del terral, que se llevaba de paso el aroma de las uvas de playas que ya no existen, al tiempo que el fauno de rio Ozama, ebrio y desnudo, jugaba a desenterrar viejos secretos olvidados.

Güibia, insurrecta entre un sopor irreal de matas de canas litigantes, le disputaba la brisa caudal al horizonte, rebotando insidiosa, entre la diversidad de sus tarantines, puestos, bandejas y casuchas. Globos, reguiletes, paletas y algodones para los “carajitos”, golosinas criollas, mentas y chicles para las muchachas.

El ambiente típicamente feriado del Parque Eugenio María de Hostos, rodeado de negocitos también, frio-fríos, chimichurris y perros calientes, no dejaba de contar y recontar, una y otra vez, sus viejas historias de cuando “Cuca y Roquetán”: los recuerdos de la Plaza Colombina en el Ciclón San Zenón, luego las demencias pasmadas del Parque Ranfis, “promesa fecunda” diluida, y finalmente, como antecedente de heroísmos repetidos, aquellos relatos y circunstancias, de sus épicas memorias durante la Guerra de Abril, cuando el Moreno, micrófono en mano, tiró la gente a la calle en el 1965.   

Dentro de la ciudad cinco veces centenaria, los que paseaban medalaganariamente desde la tarde, por aquí y por allá, empezaban a retornar desanimados a sus moradas pobres, pensando ya en la pesada aproximación del lunes siguiente: “Caramba, caramba ya viene el lunes, caramba, ya viene el lunes Caramba”, merengueaban los Rosarios, por la radio, descodificando el trance de todos los domingos.

Porque era igualmente, la hora imprecisa, cuando los parroquianos de las barras, cafeterías, colmadones, colmados, colmaditos, pulperías, tarantines y colmaduchos “chamuchinos”, comenzaban a abandonar despacito, los espacios de francachela de los establecimientos comerciales.

La hora cuando los mirones y acechadores continuaban recostando su aburrimiento en torno a las mesas de dominó de los patios y las aceras frontales de los ranchos, el minuto sin par, cuando se apagaba sin ley el alboroto de los salones de billar y las galleras, mientras la insinuación de la insufrible melancolía dominguera, rondaba descamisada y descalza, por las callejuelas de Ciudad Nueva, San Miguel, San Antón, Santa Bárbara, San Carlos, el Casco Colonial, el Ensanche Ozama y Pajarito.

José Francisco Peña Gómez, apresado tras un discurso difundido por radio en el que llamó al pueblo dominicano a unirse a los militares constitucionalistas que desconocieron la dictadura del Triunvirato para tratar de reponer al legítimo presidente Juan Bosch.

Peña Funebris

Más al Oeste, en Cambita, recién herida por el zarpazo de un dolor temprano, la viuda, desencajada y mustia, bregaba inconsolable con la calamidad del desconsuelo, junto a los hijos e hijas del líder y sus más íntimos acólitos presentes, algunos de los cuales, sumergidos en la preocupación, habían podido percibir la oquedad silente del último suspiro, un poco antes quizás que el oído del líder, aguzado por la muerte, tras el primer sollozo de doña Peggy la hija del poeta Cunito Cabral, se colmara de silencios sin medidas.

A las 9:30pm, como lo registró alguien como si precisara la puntualidad de la muerte, fue la hora magra del dolor en la partida, la manifestación inconforme de una despedida que, aunque largamente cavilada, alentada por la esperanza del milagro o del prodigio inconsecuente, tras los últimos estertores, se derrumbó sin peros, cuando la ilusión decayó estrepitosa, y a  seguidas, el encendido tradicional de la primera vela, para que la triste realidad patética hiciera acto de presencia vestida de sorpresa tramada, ante la lógica de lo realmente inevitable, cogiendo a todos supuestamente desprevenidos, entre las fatigas insondables de una pena sin pausas.

Los ayudantes, los asistentes, los guardaespaldas, los dirigentes, los seguidores y amigos más cercanos y los fervorosos incondicionales, sentían más que nadie, desconcertados, la ausencia aquella del pastor arrebatado, mientras que los doctores recogían en silencio los bártulos inefables de sus pronósticos fatales, que muchos de ellos, en su afecto por el enfermo, parecían a veces no creer, como si se desmintieran descreídos a sí mismos.

No obstante, Peña con una firme voluntad, había roto todos los plazos externados a media voz, y los facultativos asombrados, vapuleados por los embates de la fortaleza de “quiebrahacha” del enfermo terminal, se sorprendían o se encogían de hombros, porque hasta los muy pesimistas se habían ya acogido a los dictámenes susurrantes y engañosos de la esperanza. Esa cosa sustantiva que es verde y que, según la cultura popular, es lo último que, después de todo, se pierde.

Por eso, atrincherados en el desconsuelo disimulado de una vida tan persistente, aunque sabiéndolo acorralado y condenado por la muerte, decían que era asunto de tiempo y de eso precisamente se trataba, y no de cualquier otra cosa, porque todos sabían que se iba a morir, aunque el cuándo, el cómo y el dónde, no eran exactamente predecibles, como parte de una duda razonable, demasiado larga quizás, para la lógica tacaña de la ciencia más avanzada o del milagro.

Los médicos de aquí, de allá, de acullá y los santones, sin escapar al desconcierto, hicieron todo lo que podían hacer y hasta algo más, cuando, por último, parecieron tomarle la fe prestada a su paciente, para amortiguar la frialdad de la turbadora sentencia dilatada de sus pronósticos fatales.

De todos modos, el final siempre más puntual que lo esperado, vino como de contrabando y cuando le dio “su maldita gana”, porque la muerte, “la celosa”, dándosela de irremediable y de muy importante, replanteó, vestida de arlequín fatal, la suerte mortal de su última pirueta.

El líder del PRD en campaña por la alcaldía de la Capital, cargo electivo que había ya ocupado una vez, estaba en su casa adonde había regresado el día anterior de varias actividades políticas y personales a las que asistió inalterable. Por ello y para ello, habiendo estado en su casa de Cambita Garabito para dormir y descansar, dicen que se sintió algo mal y simplemente se murió, sin otras apelaciones conocidas.

“Como un naufragio hacia adentro nos morimos, como ahogarnos en el corazón, como irnos cayendo desde la piel al alma”, nos dijo Neruda en uno de sus poemas. “Lo inesperado siempre ocurre”, y la muerte, con su cara huraña y fea de cobrador insistente, lo hizo otra vez y sin disculpas, porque la hora postrera para el Moreno se nos vino encima de repente, asaltándonos por detrás, para despertarnos así de la falsa ilusión comprometida, “sorprendiendo a todo el vivo”, sacando a todos de balance, tanto amigos como enemigos, sacudidos por un solo manotazo mortal.

El “Dantón de Mao”, siempre fue un maestro esquivando la parca, como si la entretuviera con sus discursos altisonantes y esta vez, no pudo impresionarla con sus desmentidos argumentales de antes, porque esta vez el verbo enardecido se dejó caer al vacío, por un hueco sin fondo y sin medida, por donde también se acabaron los peros, los tal vez y los quien sabe. “Dios me libre de decir Dios me libre, cuando Dios ya no me pueda librar”.

“Que triste es la muerte”, ¡carajo! Que penoso es irse para siempre, porque la mas fea, coño, “es la última razón de todo”, y él tenía razón por su bonhomía para vivir y hasta para morir, como murió en paz con todos, porque había perdonado sinceramente a sus adversarios y hasta a los que no se podían perdonar.

A Peña se le había acabado el tiempo ineluctable. Se le había llenado el reloj y los cartones de su propia lotería, y ante la imposición descarnada de lo irremediable, que él en verdad conocía desde antes, decidió esperar ese momento de pie, caminando senderos sin destinos concluyentes como si intentara fatigar a “la pelona”, hasta que se le terminó el camino, y entonces, anduvo y desanduvo sobre su propio yo, para agotarse e irse y dejarles a todos, la impronta de su tamaño de líder popular inigualado.

Después de los deudos más cercanos que lo lloraron inconsolablemente en la intimidad de la tristeza, lo supo el presidente Leonel Fernández, porque los presidentes en este país, gracias al DNI y a los otros muchos “picos chatos”, se enteran de cuanto acontece en la antesala de todos los sucesos.

Aníbal Páez, con la urgencia sacramental de la primicia, se lo informó después al Doctor Balaguer, que dormitaba entre las sombras y el sopor del Dormicum, y el viejo domador de la fortuna, apesadumbrado, tuvo el presentimiento que, con el evento en cuestión, algo de su circunstancia más íntima se moría también con el difunto, sin saber que lo sobreviviría por cuatro años más, mientras el General Pérez Bello acomodaba en su abulia y fidelidad imperecedera la noticia inesperada.

El anciano caudillo se iba a reunir con Peña en horas del próximo martes, para fijar la estratagema electoral del tan famoso “arroz con habichuela”. José Osvaldo Leger, había arreglado una cita de antemano, entre los dos dirigentes históricos del país, que jamás se pudo dar, por un desencuentro pactado por la muerte.

Hipólito y Hatuey por separado, supieron la noticia con una gran rapidez, reclamados por una intimidad sin escalones. El primero lo supo casi de inmediato, siempre muy bien informado, porque lo llamaron con premura luctuosa de aposento . ¨El Cacique” se enteró de regreso del interior donde cumplía una encomienda del interfecto.

Danilo Rosario, presuroso y oficioso como siempre, se lo informó a sus amigos “los guardias” más cercanos del llamado “equipo militar”, como le solía llamar Peña al grupo de los coroneles compromisarios de su proyecto democrático .

Con las premuras etéreas de las largas distancias, con la rapidez siempre segura de las malas noticias, a mí, que me encontraba como Agregado Militar, Naval y Aéreo en Washington, me llamó para comunicarme la terrible novedad el ingeniero Hipólito Mejía, que, sin sensiblerías baratas, pero entristecido “a lo macho” me puso al tanto del suceso. Le pregunté entre las improntas apremiantes del compromiso, si era necesario que yo fuese, y el me dijo que dadas las circunstancias del momento eso no tenía ningún sentido. Inmediatamente después, Marcelo Abreu, un “hombre rana” que como Aníbal López siempre fue, entre otros, sombras del Moreno, me llamó llorando, para sollozarme “jipiando” la noticia.

Varios amigos militares y policías, así como relacionados civiles, me llamaron también para informarme, y eso continuó todo el día después, como para darme una especie de pésame secreto y clandestino.

Mis tres hijas y mis hermanos me llamaron también, sabedores de la significación vivencial de ese suceso. A mi hijo Luis Guillermo, alias el Buby, con tan solo 6 años hubo que esconderle la noticia, porque habiéndolo conocido en New York, sentía por Peña una fascinación inexplicable, pero de nada valió porque viendo la televisión vio las noticias del entierro multitudinario y le dio un verdadero acceso de llanto y de preguntas. Pero el Capitán de Navío Miguel Ángel Gonzales Ramírez y el Coronel Rudy Moquete Méndez me llamaron la noche fatídica para comentarme la muy triste noticia.    

El Almirante Sigfrido Pared Pérez, mi amigo y director del DNI, me llamó temprano al otro día, sólo para percatarse de que yo lo sabía. Noté en el tono de su voz, una tristeza naval, que hablaba de su reconocida calidad humana. Mi padre, viejo amigo de Peña, me llamó también para darme la nota de pesar sin literaturas. El telefonazo del teniente coronel José Furcy Castellanos Pimentel no se hizo esperar desde un centro de llamadas.

Pero el domingo infausto no había terminado todavía. La muerte vestida de sorpresas entredichas, llegó algo rezagada a la “Casa Nacional del Partido” para imponer un luto improvisado entre murmullos y sollozos.

Doña Milagros Ortiz Bosch que sufría el deceso con vocación mariana, casi colapsó ante la aciaga novedad inveterada. Rafa Gamundi, espejuelado, supo entonces que los hombres lloraban, mientras Hugo Tolentino Dipp, entre abatimientos inconfesos, desentrañaba el desconcierto de los pormenores quizás, de un panegírico conservado en formol, que jamás hubiese deseado decir.

Naturalmente que, a la hora del deceso fatal, ya habían pasado las horas de las últimas misas de ese domingo, muy a pesar de las seguidillas de las beatas, los diáconos y los sacristanes.

“Lloran las tristes campanas de los templos coloniales”, dijo José Francisco Peña Gómez, para evocar, en su conocido poema, los nombres y apodos de los combatientes caídos en la Guerra de Abril del 1965, y que ahora en este momento de derrumbes inauditos, el silencio colgante de esos mudos bronces plañideros, lloraba ahora su partida con un eco silencioso inmarcesible, mientras los péndulos de todos los relojes de pared marcaban el horario de su partida.   

Como ya he dicho y vuelvo a decir, para esa hora, la mayoría de los transeúntes habían retornado de sus paseos vespertinos, algunos tarareando una canción remota. En los hogares de la gente bien, y muy bien, las niñeras comenzaban a regresar de sus permisos.

La avenida George Washington se quedaba algo desierta, de a poquito en poquito, cuando ya muchos habían revisado “El Domingo y la Lista” y los zafacones se llenaban de ilusiones, billetes y quinielas pelados, porque “quien juega por necesidad pierde por obligación”, y aquello sólo bastaba, sin haber alcanzado ni siquiera una aproximación o sacarse una colita, para entonces proferir la decepción, con un carajo secreto entre los dientes.

El final del feriado necrosado en el balcón y el transcurrir de la faena del fin de semana moribundo replanteaban morosos la jornada venidera. El regreso a la escuela y la oficina, asechaba expectante y travieso detrás de las ventanas como alimaña mohína, pesarosa y huidiza. El pitazo amenazante de los bomberos de la Mella para marcar las horas claves y el toque de silencio obligado de los cuarteles.

El calor y el deambular constante de los paseos aquellos “para coger fresco”, habían estrujado los vestidos, los trajes domingueros y los ajustes cortos de los civiles circulantes, y de los guardias de permiso y de licencia.

El último día de la semana se despedía con la estridencia cuesta arriba de una conjura de motores fugitivos, bicicletas, triciclos y motonetas, con el séptimo día de visita a cementerios por la mañana y por la tarde, que se archivaba en el recuerdo floral de los difuntos.

El ánimo semi vencido de un domingo habitual revoloteaba con los murciélagos en los árboles de Gazcue. El gordo de la semana había terminado otra emisión más. La Lincoln se llenaba de “jevitos jodedores”. En algunas heladerías las madres con sus hijos luchaban aún con las últimas chorreaduras obligadas y acostumbradas de las barquillas.

Los burócratas, con su fiebre incorregible de pequeños burgueses, tratando de cotejar el porvenir con el pasado más cercano, habían digerido en pantalones cortos y en chancletas los periódicos pasados de la semana, para ponerse al corriente de todas las noticias, excepto de la más importante de todas ese año, aún no publicada ni leída, referente a la “maldita vaina esa del carajo”, de que Peña se había jodido para siempre.

Cuando el muerto grande, entre solemnidades imperfectas y otros detalles, llegaba a la funeraria, escoltado por el pesar de los deudos y los fieles de la hora, las ferias de las paupérrimas barriadas agotaban entre el “suéltalo”, la “estrella”, el “Tío Vivo” y la “ruleta” desgonzada, la entretención de la pobreza.

Vestido de blanco para la muerte, con una presencia solemnemente horizontal, el líder domaba la capilla ardiente de Blandino con su sueño sin sobresaltos, con un maquillaje apropiado para el efecto.

Predestinados a velar con él una muerte parecida, los serenos de toda la ciudad asumieron su turno de amanezca con su termo de café recalentado, su linterna y su reloj despertador de cualquier color.

Definitivamente la turné empolvada de las nanas había terminado. Los “tígueres” volvían de la chercha cervecera de la avenida. Los Capri y el Sorrento se habían quedado sin las pizzas de cuadrito. Los Imperiales aún tenían sus acostumbrados clientes fieles del domingo. Las barras Dumbo y la Payán con Monchín, el inmortal de la bandeja, también.

El Mario de la 27, El Vizcaya, Las Pirámides, El Roma, El Vesubio, El Caserío, El Karim, El Da Ciro, El Cantábrico, El Napolitano, El Lucky Seven de Evelio, El Mofongo, La Mezquita, La Cotica y La Canasta, entre otros, comenzaban a quedarse paulatinamente desiertos.

La última tanda de los cines y los auto cinemas terminaba, la última ola de los que venían de la playa concluía con la reminiscencia de la “espaguetada” consumida con pan en Boca Chica.

Los pescadores de costa regresaban a sus moradas con sus varas con muy poco para exhibir de su incursión en los arrecifes. Las mariposas nocturnas y otras especies raras calentaban sus esquinas en la “bolita del mundo” de la Feria de la Paz.

Al volver al barrio desde Boca Chica, la muchachada de la gira despedía la “guagua banderita”. Los borrachos tambaleantes hacían sus atrabiliosas tareas de disparates de baboserías épicas y balbuceantes, mientras otros comenzaban a dormir la resaca.

La noche se llenó de luciérnagas y rumores preocupantes, como si el chasquido de dedos de una mano invisible determinara los inicios de una visión insospechada.

De pronto, con vocación de aguacero inesperado, una tormenta telefónica azotó el sosiego de la Primada, y la desgraciada primicia arribó a las barriadas, para correrse a las sitierías, y tropezar con los barrancones más lejanos, descolgándose a manera de un bejuco de tristeza, de vecino en vecino, de calle en calle, con un dolor temprano.

A los hogares de los señores, la nueva dolorosa entró por la cocina, otro se enteró por la llamada oportuna del hablador esencial, tiempo después fue imposible encontrar un móvil o un celular desocupado. Las radios de 11 metros comenzaron a comunicar entre ellos la noticia.

A las 11 en punto, se comenzó a condensar la habladuría en los aposentos de los acomodados. Sentados en sillas de guano y taburetes, en las galerías y marquesinas de los más pobres de la parte alta, la novedad se acomodó desparpajada, ya que antes, la noticia confirmada se había regado con una ansiedad pluscuamperfecta.

Los inquilinos ocasionales de la parte alta de la Capital se enterarían de último, mientras que los clientes de los reservados del “Londres” comenzaron a pasarse la nueva noticia apartando las cortinas de tela de las divisiones.

La confidencia desbordó el círculo vicioso de los políticos como un chisme importante.  Cuando los poderosos al fin se dieron por enterados , ya las aceras y los callejones se habían hecho pletóricamente murmurantes y se comenzó a esparcir la nueva en la cosmogonía de las marquesinas, y barrio arriba, en la tristeza laberíntica de los patios.

Cuando la novedad de esa muerte empezó a derricarse por las pendientes escabrosas del Ozama,  Guachupita, Gualey y Lengua Azul, sus vecinos sintieron la miseria hincada en lo más profundo de su desamparo, exactamente cuando el Luperón, Capotillo, María Auxiliadora, Villa Mella, Sabana Perdida y Los Minas empezaban a trasnocharse. Porque a Hainan, Herrera, Las Caobas , Manoguayabo y sus entornos, parece ser que se enteraron, no sé porque, muy de primero.

Un regimiento de abejorros, grillos y chicharras turbó la paz estrecha de los vecindarios y rumiando su dolor, entre inconformidades inconfesas, la pena se hizo aún más plural según fue pasando el tiempo.

De cualquier modo, los cuchicheos se infiltraban en la incredulidad de la gente y entre las marismas de la duda, porque era un hecho que las mayorías no querían abrirle paso a la verdad infausta de la hora.

Mil veces los “jabladores” lo habían matado antes siendo una cruel mentira, y Peña con vocación de adalid caquéctico moribundo, con un orgullo indomable, y un estado de ánimo invencible, exhibía los estragos físicos de su enfermedad desafiando a la muerte y a los fotógrafos.

Como campeador ecuestre, paseaba su agonía con la disposición de un paladín vencido que sigue cabalgando. Es terrible cargar la muerte a cuestas cuando se ha perdido el rumbo ordinario de la vida. Pensarla o repensarla, una y otra vez, sabiendo que es una forma mansa de perder la guerra. Salir del juego sin derecho a revancha. Dejar de ser para siempre, sin posibles retornos conocidos, sólo para “caer cuesta abajo en la rodada” y acabar como todos sembrados en un estuche de madera.

No volver a ser peligroso jamás ni mucho menos deseado. “Quedarse uno sin besos por toda una eternidad absurda y clandestina”. Porque es muy doloroso, de antemano, que te retiren de repente del mercado del odio y del amor.

Que saquen a uno de todas las listas, desvincularte de las tramas, chismes, conjuras y maquinaciones, que se apaguen las mentiras, las intrigas y las difamaciones, que nadie más te envidie y que te dejen de desear lo peor, cuando ya también dejaste de ser indeseable o aborrecido, mientras el amor se torna, entre nostalgias grises, en una parte agridulce de tu propia historia.

Es muy mortificante para cualquiera ser archivado como una ficha vieja o un trasto en el anaquel de los recuerdos. Ser desechado como un expediente descontinuado que se almacena. Tremenda vaina esa, que te aparten y que te desconecten, que te excluyan de la contabilidad de los temores, de las discriminaciones y de los rencores.

No ser beligerante nunca más, ni consultado o tomado en cuenta, acabar pendejamente tronchado, por la supuesta fatalidad del cielo, simplemente porque tu hora te ha llegado, para que te lleven al campo santo en procesión para sembrarte y ponerte por fin a “chupar gladiolos” para siempre.

Es realmente devastador cuando los servicios de seguridad y los “calieses” anulan tu expediente del fichero o que eliminen tu número telefónico para no intervenirte jamás, cuando te dejan de dar seguimiento  “gardeandote”, como en el baloncesto, bien pegado, y se olvidan del todo de tus generales de ley, bien claras, por cierto, en la copia obligada del acta de defunción con la que se cierra para siempre tu carpeta.

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Mientras la vida sigue para otros, cada año nuestra muerte envejece y se diluye en el pasado, sabiendo indefectiblemente que otros vendrán a hacer la historia.

El jueves 7 o el viernes 8, no encuentro la reseña, Peña había estado en una actividad con Carlos Batista en el llamado “Bulevar de los Artistas”.

El sábado en la mañana, había estado en Baní en una caravana. Un discurso de fuego hecho para engañar la muerte, incendió como siempre la adhesión fanática de sus parciales; en otra actividad, dicen los rumores, como para buscarle excusas a las culpas inconfesas de la providencia, fue que Peña, con una neumonía incipiente, se lloviznó y eso aceleró su partida.

De todas formas y sin más habladurías de parte de la leyenda coloquial, lo definitivamente real y concluyente, era que Peña, el de la “Loma del Flaco”, estaba muerto, muy a pesar de que, en Baní, cuando pudo comer se antojó de un sancocho, sin prevenir ni siquiera por descuido, el ritual de una despedida como parte de esas cosas que se hacen por última vez, sin saber que se están haciendo de manera postrera.

“De esas calles que ahondan el poniente, una habrá no sé cuál, que he recorrido, ya por última vez indiferente”, decía Borges con un gran realismo poético.

Peña en Peravia, sin percatarse había iniciado su propia cuenta regresiva. Una parada de regreso en Cambita le llenó la tarde y la atención de asomos de reuniones políticas. Al anochecer viajó a la capital para asistir a una fiestecita de su nieta Michelle. Una canción cantada con voz grave, desmenuzó en el ambiente familiar nostalgias que, sin mucho esfuerzo de buscarle la “quinta pata al gato”, pudieron ser premonitorias de un adiós infinito.

Al amanecer de su domingo final, estaba descansando en su casa campestre, como si se preparara para encontrarse con el extremo de su verdad cimera. Ningún recuerdo disperso nos denuncia el pensamiento del líder con relación a su próxima partida, salvo que Fiquito y otro amigo tuvieron que quitarle el día anterior los zapatos, para aliviar sus pies hinchados y el hecho de que no asistió, mandando a Peggy, a una actividad en San Cristóbal.

En horas de la tarde, mientras la ciudad colonial zozobraba en las faenas de pre parto del crepúsculo, en la instancia vespertina, le pidió de nuevo a doña Peggy, su compañera, que lo representara en una caravana que tendría efecto en Los Alcarrizos, alegando que debía trabajar en unos discursos que no diría jamás.

El deceso ocurrió a las 9 y 30 de la noche. El líder popular había fenecido ante un ataque cardíaco, fruto de un edema pulmonar, en su casa de Cambita Garabito.

Los cadetes habían retornado de libertad en el autobús aquel que había que tomar, sin falta en Plaza Criolla de la 27. La bola noticiosa que mucho había rebotado ya para las 10 pm, cayó de repente en la cancha, cuando Julito Hazim lo anunció entristecido, casi de primero en su emisora y de pronto, ese día sin noticieros se llenó de noticias, porque muchos programas de variedades interrumpieron su programación regular.

Un hambre “tesa” de periódicos sobrecogió la población, mientras las comadres y los compadres se llamaron para enterarse con una complicidad necrótica espeluznante.

Los compañeros y las compañeras comenzaron a darse entre “jipidos” el pésame y una verdadera conjura de dolor y de remordimientos soliviantó la Capital primero, y todo el país después, en todos sus recónditos lugares. Los ataques y las pataletas se producirían en los días siguientes porque esas manifestaciones populares nunca ocurren de noche. Las mujeres de “cierta edad” de la Josefa Brea, entonaron bajito, la balada de Yaco Monti que decía: “Me parece que voy a ponerme a llorar”.

El asueto de los jefes militares se llenó de inmediato de urgencias preventivas de suposiciones fidedignas. Las carreteras y los caminos, que son en domingo los salones de fiesta de las aldeas, se tornaron de inmediato en funerarias. Un murmullo creciente de lamentos atrapó a las campiñas congojadas.

Una marea de pesar apagó la alegría bullanguera de los bares y de los lupanares y las meretrices bebían “amargadas” en soledad su tragedia. “Cuando Chiche Bello, va de retirada, todas las mujeres se quedan amargadas”. “Ay Chiche, coño”, cantaba una y otra vez el Ciego de Nagua en la vellonera, hasta que un escrúpulo de silencios musicales invadió todos los negocios de la “vida alegre”.  Mientras las viejas arrugadas retomaron sin demoras la manía clerical de los rosarios.

Las redacciones de los diarios se llenaron de repente de la magnitud trascendental del obituario. Los periodistas, muchos de ellos sus amigos, se trasnocharon una vez más, encigarrillados, con sus máquinas de escribir, ante el reto de una crónica indispensable. Montecarlo, “orgullo nacional”, Sublime “que casi no cuesta nada” y muchas tazas de café, una y otra vez para espabilarse y torear el sueño.

Empujando las otras pendejadas, la noticia escaló los encabezados de los diarios matutinos. En los cuarteles, los del retén bregaban con el informe del libro de novedades, que se salió esta vez de la cantaleta de la rutina, mientras el oficial del día, no se pudo acostar a las diez pm. por la gravedad del suceso inesperado.

La policía también amaneció ante el supuesto de disturbios generalizados. El mando militar, en un por si acaso preventivo, no tardó en acuartelar la tropa. El patrullaje se hizo predeciblemente necrológico desde que el cuerpo de Peña llegó a la funeraria.

Un reperpero de murmullos y cuchicheos llenaba para entonces las esquinas de todos los barrios altos de la capital, así conmocionada por la tromba marina de un rumor, que se fue convirtiendo desgraciadamente en noticia cada vez más cierta. Ya muchos a la manera de Shakespeare, “tenían los ojos enrojecidos por el fuego de las lágrimas”, mientras en los recintos los guardias confundidos, ensayaban cuidarse de mostrar caras tristes, para no levantar sospechas.

Solo un poco más tarde, bares y cantinas se vaciaron y los puestos de venta de café de las plazas del “Mercado Modelo”, recalentaban la ansiedad de los buscadores de noticia.

Los vecinos de la Emilio Prud’Homme salieron de sus casas para comentar el suceso y así mismo ocurrió con los de la Benito González.

Una pesadumbre sin esquinas se apropió de todos los locales de los partidos blancos de la Capital. Las frituras de los puntos innombrables se hicieron lacrimosas. Las fiestas y ágapes de los ricos tomaron, por cautela, una inusitada discreción.

Una inconformidad sin parangones enmarcaba sin rescoldos la tragedia. Un asomo repentino, de ira reprimida flotaba en el ambiente como el humo de un cachimbo apestoso. Una búsqueda absurda de culpables inexistentes flotaba en todas partes, llenando de frustración los callejones del destino.

Más de una declaración de amor fue suspendida. Algunas querellas de patio fueron postergadas hasta el próximo domingo, el peor día para los adulterios y sus rencillas.

El lamento general se paseó de boca en boca y el secreto sacramental creció con vocación de levadura inesperada. Faltando un cuarto para las 11, la mortificación de amanecer sin él se hacía insoportable para sus contrarios. Perdonados de antemano y desarmados por la muerte, muchos se quedaron plantados con sus odios viudos en medio del combate.

A las 11: 25, las aceras de Ciudad Nueva, El Conde y Capotillo se llenaron de velas y velones encendidos. A esa misma hora sonó, por primera vez en la radio, la canción de Cortés: “Cuando un amigo se va”.

A las 11:30, el remordimiento se metió en la cama de los insomnes innombrados. La vigilia de los desarrapados, llorándose a sí mismos, comenzó a las 11:45.

Un complot de dolor se puso en marcha cuando todos los vehículos circulantes, por varios días, se daban cambios de luces cual gemidos lumínicos. El país engranujado estaba conmovido porque José Francisco Peña Gómez, El Moreno, se había ido.

Jose Miguel Soto Jimenez
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